VEO QUE LA VERDAD ME LLENÓ DE FUTIL LEVEDAD

Junio de 1989, pistas de atletismo del colegio de la calle conejito de Málaga. Se celebra la 2ª edición de los juegos deportivos del valle del Guadalhorce con la consiguiente expectación generada a nivel internacional, más concretamente la competición de 400 metros vallas a las cinco de la tarde, como el poema de Lorca. El equipo del colegio San Estanislao, patrocinado por una frutería local que se encarga del avituallamiento, acusada injustamente de promoción del dopping, parte como favorito de mano de su rutilante estrella: Salvador Marina Coll, todo un portento físico a pesar de su juventud. No en vano, la categoría benjamín de 400 metros vallas es una de las pruebas más duras que existen, a la altura del maratón des Sables.

 

La carrera fue una guerra en toda regla que acabaría con la victoria agónica de nuestro particular, que era lo que hoy se conoce como un deportista total: 400 metros valla, paletas de la playa a nivel semiprofesional, mate o plusmarquista a nivel nacional en deglución de Phoskitos. Solo le plantó cara Jorgito Paredes que, aquejado de un ataque de asma y al estar prohibido su difusor, no pudo mantener el ritmo de nuestro centauro malaguita. Posteriormente vendría la pubertad y Salva dejó una prometedora carrera deportiva por ser una famosa estrella del poprock y las tortas locas y ensaimadas de ración. Sin embargo, aún guarda como recuerdo la camiseta de sus gloriosos días de éxitos en la tierra batida, por eso, como homenaje, decidimos nombrar al grupo como la valiente tienda de barrio que apoyó tamaña gesta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Nos parece una injusticia que su propietaria esté internada en el módulo de mujeres de la cárcel de Alhaurín por tráfico de sustancias controladas y material pornográfico, Salva siempre negó este extremo en sede judicial)

 

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